Lucha contra la explotación sexual

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 23 de septiembre de 2012

Al acercarse el Día internacional de lucha contra la explotación sexual comienzan a leerse en distintos medios de prensa opiniones que, generalmente, y aún siendo los citados medios de izquierda se enfocan a su legalización. Consideran así que la prostitución es una actividad comercial más como comprarse un jersey o comer una hamburguesa en un restaurante de comida basura. Quién no lo hizo alguna vez?

No obstante se echan en falta reflexiones sobre conceptos que resultan básicos para hablar hoy en día de la prostitución y, lo que es peor, nada se dice de las consecuencias para las ejercientes ni para sus clientes, tampoco se habla de las razones que llevan a unos y otras a tales actividades. Si se hiciese, si se visibilizase prostitutas y a sus clientes junto con un análisis riguroso del mercado de esta actividad ya no se podría hablar tan alegremente. Por una simple razón: la desigualdad astronómica existente entre las dos partes el oferente y el comprador. También podríamos ver las características delictivas del mercado que sustenta esta actividad.


En cuanto al oferente – la prostituta- conviene desechar la idea romántica de que “lo hacen por voluntad propia” puesto que sin negar la existencia de algún caso hoy conocemos mediante los trabajos de autoridades judiciales y policiales que estas personas son tratadas, traficadas, secuestradas, abusadas, violadas, etc. No existe para ellas la libertad que se les supone pues, aún cuando manifiesten ser libres para este ejercicio, lo cierto es que en sus países o lugares de origen tienen familiares o bienes que “responden” ante las mafias de que (1)

En lo que se refiere al comprador observamos como él si tiene libertad para realizar la transacción económica, tener relaciones sexuales previo pago. Tiene, además, otras libertades que suele permitir el mercado de cualquier producto en el mundo occidental: elige color, edad, nacionalidad, especialización en juegos sexuales, compra una o varias, hora, lugar, etc, etc. Como hace cualquiera cuando se compra una camiseta o una mascota o cualquier otra mercancía. De lo único que ha de preocuparse es de no tener sexo en las calles de algunas ciudades españolas.

En lo que hace al mercado este se comporta como cualquier otro – si hacemos excepción de las frecuentes situaciones ilegales que se mencionan en lo relativo al oferente- existe en primer lugar una mercancía o servicio, un precio, una competencia incluso técnicas de gestión del mercado como estudios de mercado, segmentación y micromercalización del mismo. Incluso mercados específicos si las características del producto son homogéneas ( hemos oído hablar de las orientales, las africanas, las del telón de acero, las marroquíes, las sudamericanas y las españolas)).

Y, no obstante, todo lo dicho hasta aquí resulta falso y superficial. Falso porque esconde durísimas realidades personales y comerciales. Superficial porque se limita a una mirada a vuela pluma que tranquilice la conciencia de todos para no ver el asunto clave: los hombres que son los mantenedores de este mercado como colaboradores imprescindibles en su existencia, las prostitutas cuya realidad personal está oculta bajo el paternalismo y la moral social (2) y el mercado del sexo donde ocurren todo tipo de tropelías y donde las oferentes no tienen ningún derecho.

Se hace preciso hablar de los 3 elementos de forma diferenciada porque cada uno de ellos tiene distintos problemas.

Comenzando por las prostitutas su problema es que se conculcan su Derechos Humanos –DDHH- que son Derechos Fundamentales protegidos en nuestra Constitución y en las de los países de nuestro entorno. Citemos nada más que los siguientes: libertad y seguridad persona, imparcialidad y objetividad de los poderes públicos, intimidad personal y familiar, honor, libre tránsito, reunión y asociación. Siguiendo por los clientes: hay pocos datos publicados sobre los compradores de sexo pero en los últimos tiempos la prensa ha reflejado que son cada vez más jóvenes y que compran sexo por librarse de dificultades personales y económicas. Mantener relaciones exige salir, seducir, ir a lugares públicos, consumir en definitiva; y no está asegurado el objetivo final.

Saïd Bouamama, investigador francés, realizó un trabajo en el que se pone de manifiesto que el consumidor de sexo pagado en Francia tiene una edad entre 35-50 años y la mitad de ellos tienen hijos. Entre las razones apuntadas para consumir sexo están la abstinencia, soledad, desconfianza y temor que les inspira la mujer, necesidad de sexo sin afectos, no obligatoriedad de cortejo y seducción, adicción al sexo, etc. Aunque, paradójicamente, el 75% de ellos se declara insatisfecho por tener actividad sexual con prostitutas. (3)

Me detendré en la cuestión más paradójica: los hombres no se sienten satisfechos con la actividad sexual comprada y las mujeres son consideradas como un objeto (como una camiseta o una hamburguesa) sin derechos humanos. Porqué se lleva a cabo entonces la actividad o transacción económica?

Porque 1) la vieja Sociedad Patriarcal de la que aún no hemos salido mantiene una jerarquía no por menos visible menos real del varón sobre la mujer a pesar de los avances logrados en los últimos años 2) según esto el hombre necesita satisfacer “ciertas necesidades” ya que su sexualidad es activa, genitalizada, deseante por lo que necesita mercancía a su disposición en cualquier momento 3) también se propone un modelo de sexualidad de la mujer que es pasivoy no deseante solo deseable, lo cual la convierte en posible mercancía cuando se den las condiciones políticas y sociales que hagan florecer el mercado del sexo. Me refiero, claro, a las condiciones de exclusión económica y social que afectan principalmente a las mujeres lo que las hace vulnerables ante las redes y los patronos del mercado del sexo. Resulta, así, más fácil su reclutamiento. O su secuestro. En definitiva, su tráfico con fines de explotación sexual.

¿Pero se puede comprar un trozo de cuerpo humano? Hay quien dice (11 septiembre el El Plural) que comprar sexo es como comprar una hamburguesa y venderlo es como vender tu fuerza de trabajo. Si analizamos no parece que sea lo mismo puesto que los factores anteriores están incidiendo en el uso de las partes más intimas del ser humano, y no me refiero a las genitales sino a la mente, autoestima, percepción de sí mismas que tienen estas mujeres. Como dice una de ellas en su libro autobiográfico: para trabajar tenía que vaciarme, se llevaban mi yo. (“Nosotras las ocultas”). Convengamos en que no es lo mismo comprar sexo que una hamburguesa ni venderlo es igual que trabajar 8 horas en cualquier trabajo desagradable. No se vende la misma cosa, ni se trata a nuestra mente y personalidad de la misma manera. Y, en todo caso, las condiciones de trabajo están reguladas.

Esto me lleva al gran debate: regularización si o no. Pues NO. Y ello porque se ha visto en países donde se ha llevado a cabo que la prostitució aumenta y los elementos del mercado también. Por ejemplo: traer niñas desde países pobres, traer mujeres con ablación de clítoris, y cualquier otra aberración. Obviamente estas chicas llegarían no de forma legal sino a través de redes como expliqué en el punto 1. La mujer en este mercado no está en pié de igualdad sino que es la víctima, a la que hay que proteger y legislar para asegurar unas condiciones de vida decentes que lleven al abandono de su actividad.

En cuanto a los clientes se deben llevar a cabo acciones de difusión para cocienciarles de todos estos factores, estimulando las relaciones sociales con mujeres de forma que resulte interesante plantear una actividad sexual fuera del ámbito de las mafias y el delito. Hacer crecer su autoestima por mantener sexo con mujeres no traficadas.